El largo tramo intermedio
Los comienzos se celebran y los finales se recuerdan, pero es el largo y silencioso tramo intermedio —donde nada queda bien en una foto— el que decide en qué se convierte el trabajo.

Todo proyecto tiene un comienzo que se siente como un relámpago y un final que se siente como alivio. Entre ambos está la parte de la que nadie habla: el largo tramo intermedio.
El tramo intermedio es donde la emoción ya se desgastó y el final aún está demasiado lejos para verlo. Las decisiones aquí son pequeñas y poco vistosas: qué detalle conservar, cuál recortar, si volver a hacer lo cuidadoso una vez más cuando nadie notaría si no lo hicieras. No se anuncian. Simplemente se acumulan.
Solía pensar que el tramo intermedio era algo que había que sobrevivir: un trecho de camino que atravesar de camino a la parte que importaba. Lo tenía al revés. El tramo intermedio es la parte que importa. Los comienzos son casi todo esperanza, y los finales casi todo memoria. El trabajo se construye en medio, un día corriente a la vez.
Lo que el tramo intermedio pide no es intensidad. Es regreso. Presentarse ante el mismo problema otra vez, un poco más honestamente que ayer, confiando en que la atención silenciosa y repetida se acumula hasta volverse algo que jamás se habría podido apresurar.
Nornic se está escribiendo desde dentro del tramo intermedio: no el momento culminante, sino la larga caminata a través de la bruma. He dejado de esperar a que termine. Estoy aprendiendo a hacer el trabajo que solo el tramo intermedio permite.
Nuevas reflexiones, cuando llegan.
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